Turnonet

Entrevista a Paul Breiner

Usted ha participado con gran éxito en varias ediciones de la Copa Mundial de la FIFA. ¿Cómo describiría la experiencia y la conquista del título mundial en 1974?
Ante todo, aquella victoria fue muy importante para mí desde el punto de vista personal, puesto que la Copa Mundial de la FIFA Alemania 1974 ha marcado mi vida. Todo habría sido diferente sin aquel título y sin el penal que tuve la suerte de anotar en la final de 1974.

Como no participé en Argentina 1978, España 1982 fue la Copa Mundial donde puse fin a mi carrera internacional. Jugué en el Real Madrid entre 1974 y 1977, y ésa fue la principal razón que me movió a regresar a la selección, puesto que el Mundial se celebraba en España, un país donde había pasado junto con mi familia tres años maravillosos. Además, había recuperado la ambición de triunfar. Al menos, alcanzamos la final.

Detengámonos un momento en España 1982. ¿Cómo vivió aquel certamen y cómo fue para usted la final? Alemania cayó en un partido muy parejo, ¿cómo recuerda aquella derrota?
Lo cierto es que aquella final no estuvo muy igualada. Italia nos superó por un claro 3-1. De todas formas, era previsible que ocurriera algo así. Nos tocó jugar la semifinal contra Francia la noche del jueves en Sevilla. A pesar de que el partido tuvo prórroga y tanda de penales, quisimos a toda costa tomar el vuelo de vuelta a Madrid aquella misma noche. Acabamos en nuestro hotel de Madrid a las seis de la mañana del viernes y "cenamos" a las seis y media. En el aeropuerto de Sevilla no habíamos podido comer nada por culpa de una huelga y otras complicaciones, así que nos vimos a las seis y media de la mañana comiendo en el hotel por primera vez desde la conclusión del partido.

Mientras "cenábamos" aquella mañana de viernes, todos nos dimos cuenta de que lo teníamos muy difícil para llevarnos la victoria dos días más tarde. Quizás si marcábamos primero y defendíamos la ventaja con uñas y dientes podíamos tener alguna posibilidad. Sabíamos que, si los italianos marcaban primero, no tendríamos ninguna opción, ya que ellos habían disputado la semifinal frente a Polonia el miércoles sin ninguna complicación y, por lo tanto, estaban descansados, mientras que nosotros estábamos agotados. Así que afrontamos aquella final con realismo y las cosas acabaron saliendo como nos habíamos temido.

Como en todos los Mundiales anteriores, la selección alemana empezó mal. Había sido así en 1974, cuando fuimos campeones, en 1978 y en los certámenes anteriores. Alemania siempre intentaba comenzar la competición con el freno de mano echado, para ir mejorando después partido a partido. El objetivo era no alcanzar la mejor forma en la primera ronda, frente a rivales en principio inferiores, sino hacerlo de forma paulatina a partir de la ronda intermedia, los octavos de final, para así llegar lo más lejos posible en el certamen.

Ésa fue la actitud que adoptamos también en España 82. Caímos frente a Argelia por 2-1 en el primer encuentro, derrotamos a Chile por 4-1 en el siguiente y después llegó aquel ominoso partido frente a Austria en Gijón. En cualquier caso, de eso prefiero no hablar. Cometimos el error que a veces se comete después del minuto 70 en un partido que está decidido o en el que ambos equipos están satisfechos con el resultado: relajarse y dejar que el juego pierda intensidad. El problema fue que comenzamos a relajarnos al principio de la segunda parte y, lógicamente, eso fue una enorme equivocación.

Ese error nos acompañó durante el resto de la competición, y sólo desapareció cuando logramos remontar y empatar a 3-3 la semifinal contra Francia en Sevilla, lo que permitió que el encuentro se decidiera a nuestro favor en la tanda de penales. En aquel partido nos libramos de aquella mancha, ya que demostramos de lo que éramos capaces. La semifinal frente a Francia fue una de las tres o cinco mejores y más emocionantes de la historia de la competición. Con aquella victoria recuperamos nuestro prestigio. La selección italiana no era superior a nosotros, pero no estábamos en condiciones de ser campeones del mundo.

Entonces, ¿hay que buscar las causas de la derrota en su estado físico?
Sí, así es. Simplemente, la fatiga que sentíamos nos impidió seguir el ritmo de los italianos. Sobre todo después del primer gol, que nos dejó sin capacidad de reacción. Nos faltaron fuerzas para levantarnos y meter una o dos marchas más.

¿Qué recuerdos tiene del equipo italiano? ¿Qué o a quién destacaría de aquel combinado? ¿Era un equipo duro?
En el fondo, no era un equipo duro. No utilizaba la dureza ni el juego al que solían recurrir en partidos decisivos los equipos del sur de Europa y por los que eran famosos. Era un equipo que jugaba un fútbol compacto, bastante equilibrado y que, al igual que ocurrió durante muchos años con el Bayern Múnich o la selección alemana, se cimentaba en un solo jugador, que en el caso de Italia era Paolo Rossi.

Rossi era un jugador de un talento inagotable. Creo que no sería muy desacertado decir que sin él la selección italiana no habría tenido ninguna posibilidad, ya no de ganar el certamen, sino de alcanzar las semifinales o los cuartos de final. Al igual que Gerd Müller, Rossi sacaba goles de la nada, y él solo fue el responsable de que Italia se proclamara campeona del mundo. No obstante, la selección italiana era un buen equipo, que contaba con un combinado equilibrado y jugaba un buen fútbol. Pero, a excepción de Paolo Rossi, no tenía nada de especial, al menos en aquel Mundial.

¿Quiere usted decir que se trataba de un equipo en el que sólo destacaba verdaderamente un jugador?
Aquella selección tenía un compañerismo y un espíritu de equipo que no son habituales en un conjunto del sur de Europa. Quizás aquel combinado se dio cuenta de que sólo podría triunfar si cada jugador se olvidaba de lo que en el fondo le gustaba hacer, que no era otra cosa que lucirse y destacar individualmente. Algo propio de los jugadores españoles, italianos y portugueses todavía hoy es que, en ocasiones, el resultado les da absolutamente igual. Lo principal para ellos es mostrar al público y a los telespectadores que son capaces de regatear al rival tres veces en un metro cuadrado. Lo que verdaderamente les gustaría hacer después es agarrar el balón, lanzarlo a las gradas, irse a las duchas y decir: "¿Han visto? ¡Soy el mejor!".

Aquella selección italiana era diferente. Sus integrantes se olvidaron de esta querencia a destacar individualmente, al menos durante el certamen. De esta forma, construyeron un bloque que funcionaba y jugaba prácticamente como un equipo alemán, que pensaba y planteaba los partidos al estilo germano. Relegaron a un segundo plano el aspecto individual para triunfar como equipo.

Entonces, ¿a quién describiría usted como el rival más complicado al que se ha enfrentado en una Copa Mundial?
Bien mirado, lo cierto es que nunca tuve problemas con ningún jugador a lo largo de mi carrera, siempre y cuando estuviera en forma. Me consideraba uno de esos futbolistas que no se paran a pensar a quién van a tener que enfrentarse en el siguiente partido. No me preocupaba qué tenía de especial el próximo rival. Una vez, cuando yo era todavía muy joven, un entrenador me dijo: "Cuanto más te concentras en el oponente, cuanto más se supone que sabes sobre tu rival, más te preocupas por él y menos capacidad mental te queda libre para centrarte en ti mismo. Mejor olvidarse de eso, que lo único que hace es entorpecer. Si estás en forma, el rival es quien tiene que preocuparse de ti, de amoldarse a ti como jugador y a tu equipo como colectivo. Y si no estás en forma, entonces no tienes ninguna opción de todos modos, y no por conocer mejor al rival vas a tener más posibilidades, ya que eso te bloquea más si cabe". En mis tiempos de defensa me medí con rivales que, en un partido dado, podían ser, simple y llanamente, muy superiores a mí. Por ejemplo, en los últimos años de mi carrera, cuando jugué como mediocampista en Madrid a partir de 1974, los técnicos rivales disponían a veces marcajes individuales sobre mí con la intención de destruir mi juego. Si no lograba demostrar que era mejor que ellos, perdía la batalla.

Recuerdo un partido concreto del que siempre digo que derrotamos a un equipo que era claramente superior a nosotros, que era con diferencia el mejor del certamen, y pese a todo no se proclamó campeón del mundo. Me refiero a la Polonia de 1974. Ganamos por 1-0 en una semifinal que se disputó en Fráncfort sobre un terreno de juego en pésimas condiciones, y estoy seguro de que no lo habríamos logrado si no hubiera sido por la lluvia. Polonia contaba con un equipo perfectamente armado y estructurado, similar a la Alemania de 1972. Aquella selección alemana era la mezcla perfecta, formada por la simbiosis y la combinación de artistas, técnicos y luchadores, jóvenes y veteranos. Aquella mezcla perfecta generaba una armonía que se traducía en un fútbol fantástico.

La Polonia de 1974 presentaba una mezcla parecida. Sin embargo, tenía tres o cuatro jugadores que no estaban preparados para lidiar con aquellas condiciones adversas. A ese tipo de jugadores yo los llamo "futbolistas de buen tiempo". Este factor resultó decisivo para que pudiéramos derrotar a Polonia, que en aquella Copa Mundial tenía mejor equipo que nosotros, que Holanda, que Brasil y que cualquier otra selección. En 1974, Polonia tenía el mejor equipo.

Siempre se habla de la potente selección holandesa, pero lo cierto es que de Polonia no se habla demasiado...
Así es. Es parecido a decir que el penal que marqué en la final fue el gol más importante de mi carrera. El gol más importante que anoté en aquel certamen, en el que sumé un total de tres, fue el del primer partido, contra Chile en Berlín. En aquel choque marqué el 1-0, que a la larga fue lo que nos permitió pasar a la siguiente ronda y llegar a jugar como un auténtico equipo.

Sin todos y cada uno de los goles anteriores no habría tenido la oportunidad de transformar aquel penal. No soy una persona a la que le guste hablar de lo que podría haber sido y no fue, pero si hablamos del Mundial 74, si queremos encontrar al mejor equipo de aquel certamen, no debemos buscar en la final. No se trata del campeón del mundo ni del subcampeón, Holanda. Los holandeses creen que eran el mejor equipo de aquel certamen y que merecieron el título. Pero, al menos en mi opinión, también ellos olvidan que el mejor equipo era Polonia y cayó eliminado en semifinales.

¿Qué significó para usted el ambiente que se vivió en su país en 1974? La Copa Mundial se disputaba en casa, la final en Múnich y la presión era enorme. Gerd Müller declaró: "La presión no nos afectó porque estábamos protegidos".
Este asunto se puede analizar desde dos perspectivas diferentes. Si juegas en el Bayern siempre tienes presión. Para nosotros no existía esa palabra. Mucha gente utiliza la presión como excusa para librarse de situaciones comprometidas. Cuando llegas al Bayern debes entender desde el primer momento que se espera que ganes todos los partidos. Es decir, debes hacer siempre un buen trabajo, como ocurre con cualquier otra profesión en la vida. Para mí, eso no es presión.

Lo mismo se puede decir de la selección alemana. También, por supuesto, cuando hablamos de disputar una Copa Mundial. No existe ninguna presión para conquistar el título, sino que es algo que debes exigirte a ti mismo. No obstante, he de añadir que, en 1974, la supuesta presión fue relativamente imperceptible para nosotros. La histeria era mucho menor que la que se genera actualmente. El fútbol todavía no era el acontecimiento de masas, el ininterrumpido concierto al aire libre, el espectáculo de 24 horas al día que vemos ahora en los estadios. En los últimos años, el número de espectadores ha crecido de forma espectacular, pero no porque el fútbol que se ve en los estadios sea mejor, sino porque lo que mueve a la gente es otra cosa.

Los jóvenes son los que más ansia de fútbol tienen. Quieren experimentar un sentimiento de unión y de identidad común, quieren formar parte de él y compartir su alegría. Esto no existía entonces; todo era más sosegado. Queríamos ser campeones del mundo y, como es lógico, sabíamos que aquél era un acontecimiento muy especial para nuestro país. Con todo, nosotros estábamos concentrados en la escuela deportiva de Malente para preparar el campeonato, prácticamente encerrados. Por eso, la histeria provocada por el Mundial nos afectó relativamente poco durante los preparativos para el certamen.

¿Están los medios de comunicación saturados de fútbol? ¿O cree más bien que no se retransmiten suficientes partidos?
Nunca es suficiente, ya sabe.

La gente siempre dice que hay demasiado fútbol en la televisión...
Hace ya 30 años comenté que ojalá llegase una era en la que hubiera 24 horas de fútbol al día. Basta con fijarse en el conjunto de los alemanes. Hay entre 35 y 40 millones de aficionados al fútbol en este país, de los cuales entre 20 y 25 millones dedican todo su tiempo libre a este deporte. La gente quiere ver fútbol al encender la televisión en casa, y no debates políticos, programas de entrevistas o telenovelas.

Después de las necesidades personales como comer, beber, trabajar y tener una familia, el fútbol ocupa en Alemania, al igual que en muchos otros países, los primeros puestos en la lista de prioridades de la gente, a mucha distancia de las demás. Desde hace algún tiempo, los medios informativos obran en consecuencia, y aún queda mucho por venir. Si pensamos, por ejemplo, en los millones de parados que hay en Alemania, comprendemos que el fútbol es para ellos la mejor forma de pasar el tiempo libre. Tenemos que verlo así también.

¿Como una forma de evasión, de olvidar los problemas de la vida?
Sí.

Hablemos de la derrota contra la República Democrática Alemana. ¿Cómo la vivió usted? ¿Se podría decir que aquello fue una humillación para su país?
No para nosotros. Lógicamente, aquella derrota por 0-1 en Hamburgo frente a la RDA supuso una decepción, como cualquier otra derrota. No obstante, no fue nada especial, porque los jugadores que disputamos aquel partido no concebíamos el choque como algo diferente. La mayoría de los futbolistas no están muy interesados en política y, en 1974, la RDA era para nosotros como un país extranjero, especialmente para aquéllos que no teníamos familiares allí. Yo soy bávaro y no tenía parientes al otro lado del muro. Por eso, cuando una persona me hablaba de sus hermanos o hermanas en el Este, no podía sentirme identificado con ella. Máxime cuando la clase de historia en el instituto acababa siempre en 1918. Después no había nada, nadie quería hablar de aquello.

Bien mirado, lo cierto es que, para mí, los austriacos o los suizos eran más como mis hermanos y hermanas. Con ellos sí me sentía identificado. Quizás conocíamos a gente de la RDA cuando jugábamos allí con el Bayern, pero era como jugar un partido internacional o de Copa de Europa en Moscú, Kiev, Praga, Budapest o en cualquier otro lugar de la Europa del Este. Por lo tanto, aquel partido no era para nosotros el duelo fratricida del que algunos hablaban sino un compromiso internacional más, que acabamos perdiendo. En aquel encuentro, que era el tercero de la primera fase, el equipo careció de la solidez necesaria como bloque y, en el plano individual, no rendimos a la altura necesaria para derrotar a la RDA. Fueron los políticos y el público los que vieron en aquel choque muchas cosas que nosotros no habíamos percibido en absoluto.

Dice usted que no les interesaba demasiado todo lo que rodeó a aquella derrota. ¿Fue fácil olvidarla y pensar en el siguiente partido o tuvo algún efecto sobre el resto del certamen?
Tuvo un efecto importante, puesto que sembró muchas dudas en el equipo. Tuvimos que admitir que aún estábamos lejos de ser un buen equipo, lo suficientemente conjuntado. Por eso, en la noche y el día posteriores a aquel 0-1 frente a la RDA tuvo lugar una importante conversación entre Franz Beckenbauer y Helmut Schön, que habló además con otros jugadores. El resultado fue una necesaria y oportuna reorganización del equipo, que hizo que nuestro rendimiento pasara del 50% frente a la RDA al 90% en el siguiente partido, contra Yugoslavia en Düsseldorf.

Otro de los efectos de aquel choque, y esto no tuvo nada que ver con la RDA sino con la derrota en sí, fue que muchos de los integrantes del equipo se sintieron enormemente avergonzados por lo mal que habíamos jugado. Nuestra actuación no había sido digna de una Copa Mundial y no podíamos volvernos a casa así.

Por esa razón teníamos que reaccionar de inmediato y superar aquella crisis, para estar en paz con nosotros mismos, para poder dormir tranquilos. Corríamos el riesgo de que Yugoslavia nos mandara para casa y no podíamos permitirlo. Entonces ocurrió algo que habíamos aprendido en el Bayern a principios de los años setenta. Golpeamos el suelo varias veces, reflexionamos durante un tiempo y, finalmente, cada uno se dijo a sí mismo: "Vale, has estado horrible. Tienes que hacer algo, pero ya". Nos pusimos las pilas, y así fue cómo el equipo puso los cimiento de su triunfo en aquel certamen.

Frente a Yugoslavia, usted marcó un gol de bellísima factura. ¿Fue su mejor tanto en una Copa Mundial o hubo alguno mejor?
Fue sin duda el que más disfruté. Con respecto al gol que anoté contra Chile, debo admitir que es difícil encontrar a un portero que, cuando disparas desde 30 metros, espere inmóvil hasta que el balón llegue a su escuadra derecha. Fue un gran gol, aunque de auténtica suerte. El balón tardó tanto en llegar a la meta que me dio tiempo a seguirlo con la mirada y cruzar los dedos para que fuera directo a los tres palos e incluso entrara. El portero no se lanzó hasta que la pelota alcanzó la meta. Aquel tanto fue importante, pero el que marqué frente a Yugoslavia fue un auténtico golazo.

¿Cómo vivió usted la final? Alemania empezó perdiendo frente a Holanda en casa y ante su propio público. ¿Sintieron que sus piernas vacilaban cuando la selección holandesa se adelantó?
Sí, más si cabe en la final de un Mundial y ante nuestro público. De todas formas, eso es decir demasiado, puesto que la situación y el ambiente no se ajustaban a esa definición. En el estadio predominaba claramente el color naranja. En aquel entonces ya iban a parar al extranjero muchas entradas, por eso no podemos hablar de ventaja de campo en una final del Mundial. No obstante, el penal que anotó Johann Neeskens cuando había transcurrido poco más de un minuto de juego fue crucial. Nuestra victoria tuvo mucho que ver con aquella pena máxima, ya que, después del gol, los holandeses sólo querían ridiculizarnos. Todavía siguen haciéndolo hoy en día.

Los holandeses pueden imponerse a cualquier equipo. No obstante, cuando juegan en Alemania y marcan un gol, dejan de buscar la victoria y se preocupan más por hacernos correr. Quisieron demostrar lo bien que sabían jugar al fútbol y lo malos que éramos nosotros, en vez de aprovecharse de que estábamos muy tocados. Eso es lo que los holandeses querían mostrar al mundo y eso fue lo que les costó el título en aquella Copa Mundial. Cuando saltas al campo a darlo todo, a dejarte la piel sobre el césped y recibes un golpe así en el primer minuto de partido, lo único que quieres es irte a casa.

En un momento así hay que rematar al rival. Un boxeador debe rematar a su oponente cuando ve que se tambalea. Sin embargo, los holandeses no se aprovecharon de la situación. No entendieron que estaban dejando escapar la oportunidad de finiquitar el encuentro. Durante cinco minutos permitieron que tomáramos aire, nos dieron tiempo para asumir la nueva situación, para digerir la decepción, la tristeza y la rabia. No se dieron cuenta de que estábamos empezando a controlar el partido y a ser superiores.

Por lo tanto, se puede decir que los dos goles que anotamos en el primer tiempo (el penal que yo transformé en el minuto 25 y el tanto de Gerd Müller poco antes del descanso), fueron una consecuencia lógica de la dejadez y arrogancia de los holandeses. Nos dimos cuenta de que ellos mismos nos habían devuelto al partido y que, de repente, habíamos recuperado todas nuestras opciones. Y estábamos en condiciones de aprovecharlas. Fue necesario llegar al descanso para que los holandeses se dieran cuenta por fin de que se habían equivocado y trataran de reaccionar. Pero el fútbol se rige por ciertas reglas y, para entonces, ya era demasiado tarde para Holanda. Quizás exagere, pero no creo que hubieran vuelto a marcar otro gol aunque el partido hubiese durado hasta hoy.

¿Cómo afrontó usted el momento de lanzar el penal? Agarró la pelota y la colocó sobre el punto fatídico. Siempre se ha dicho que Paul Breitner tomó el balón, lo colocó y lo metió sin pensárselo dos veces, como si nada. ¿Cuál es su opinión al respecto?
Ya antes del comienzo de aquel Mundial habíamos hablado sobre quién tiraría los penales en el caso de que nos pitaran alguno, pero nadie quería asumir esa responsabilidad. Gerd Müller había fallado varios en la Bundesliga, y no había nadie que estuviera dispuesto a lanzarlos.

¿Tampoco Wolfgang Overath?
Tampoco él. Nadie quería tener nada que ver. Lo comentamos en nuestro lugar de concentración y volvimos a hacerlo antes del primer partido, contra Chile. Pero no se presentó ningún voluntario. Yo no estaba entre los posibles lanzadores y me limitaba a observar, pero me enfurecía el hecho de que pareciera que todos cruzaban los dedos y rezaban para que no nos pitaran ningún penal y no tener que afrontar la situación. Me dije: "Por lo que a mí respecta, ojalá nos piten cinco penales por partido, porque quiero ganar el Mundial". El problema se volvió a plantear antes de la final. Uli Hoeness había transformado una pena máxima frente a Suecia y había fallado otra en la semifinal contra Polonia. Por lo tanto, nos encontramos de nuevo en la misma situación antes de la gran final.

El partido se jugaba a las cuatro de la tarde y el equipo mantuvo una reunión a las once de la mañana. Helmut Schön volvió a formular la pregunta: "Entonces, caballeros, ¿qué hacemos si nos señalan un penal?". Tampoco en aquella ocasión hubo voluntarios. Al ver esto, algo se encendió en mi cabeza que me hizo decir en el momento decisivo: "¡Vamos!". Helmut Schön volvió a aplazar la cuestión: "Bien, entonces ya lo hablaremos de nuevo en el vestuario". Y yo pensé que no era posible que cinco o diez minutos antes de disputar una final nos pusiéramos a decidir quién iba a tirar un penal. Helmut Schön lanzó de nuevo la pregunta, pero, por enésima vez, nadie se ofreció.

Al final, el técnico dijo: "De acuerdo, si nos pitan un penal, lo decidiremos en el momento". Es algo que ocurre a menudo. Si hay un penal, el técnico y el capitán deciden y escogen al lanzador. Pero no puedes escoger a nadie en una final, en un partido tan importante. No puedes cargarle a nadie esa responsabilidad, porque se te desmorona, las piernas no le responden y le resulta imposible batir al portero. Ya había presenciado eso antes y no podía entenderlo. Fue así como, en el momento en que el árbitro señaló penal, fui consecuente con lo que mi conciencia llevaba varias semanas diciéndome: si se presenta la situación y te sientes en forma, debes asumir la responsabilidad.

Me sentía en forma, así que agarré la pelota y la coloqué en el suelo, aunque no sé muy bien cómo lo hice, porque, desde muy joven, había aprendido a concentrarme totalmente en momentos decisivos con ayuda del entrenamiento autógeno. Además, ya había tenido la oportunidad de comprobar que quienes, en una situación así, se hacen los héroes acaban siendo los grandes perdedores.

Así que coloqué el balón sobre el punto penal casi sin darme cuenta. Wolfgang Overath me contó más tarde que se había acercado a mí para preguntarme: "Entonces, Paul, ¿quieres tirarlo tú?". Y yo le contesté: "Apártate, que voy a marcar".

Tomé carrera y vi que el portero daba un paso hacia un lado para ofrecerme el poste de su derecha, hacia el que luego se lanzaría. El lado izquierdo estaba totalmente libre, porque él ya no podía cambiar la inercia de su movimiento, así que sólo tuve que introducir el balón por allí. Posteriormente se habló mucho de mi sangre fría y mis nervios de acero. Sin embargo, no se puede describir así aquella situación, puesto que no fue cuestión de sangre fría ni de nervios de acero. ¡Si casi no sabía lo que hacía! Fue un momento de concentración absoluta, que es algo necesario en una situación así. No puedes pensar en lo que haces, porque, si piensas, las piernas no te responden de puro miedo. Pudimos verlo en el penal de Johan Neeskens, que al principio golpeó el suelo porque estaba tocado. No estaba preparado para lanzar una pena máxima en el primer minuto de juego y no disparó el balón correctamente. Para mí fue un momento que debía afrontar y que viví como en una película. Sólo volví al partido cuando el balón entró y los holandeses sacaron de centro.

Usted dijo en cierta ocasión que, cuando vio el gol por televisión, se preguntó: "Pero, ¿qué es lo que he hecho?".
La final se jugó en la tarde del domingo. Mi mujer y yo llegamos a casa sobre las ocho de la mañana del lunes, después de celebrar el título. Me tumbé en el sofá del salón y encendí la tele un rato para despejarme. Un canal austriaco retransmitía el partido a las diez. Seguí el encuentro de reojo, y de repente llegó aquel penal a nuestro favor.

Me vi salir de la pantalla y, poco después, volver a aparecer en la imagen desde la izquierda con el balón en la mano, camino del punto penal. En cuestión de segundos empecé a sudar y me puse malo. Apagué la televisión, salí de la casa y me fui al bosque a dar un paseo de una media hora o 45 minutos. "¡Qué locura!", le dije a mi mujer. En aquel momento me di cuenta por primera vez de lo que había hecho. Miles de pensamientos se agolparon en mi cabeza sobre el disparate que había cometido y lo que podría haber pasado.

Usted ha dicho que los holandeses no habrían marcado otro gol aunque el partido hubiera durado un día entero. ¿En qué momento sintió que aquello estaba hecho?
Después de que el árbitro diera la orden de reanudar el juego tras el penal, comprobamos que el 1-1 tenía un gran efecto en el equipo. Fue entonces cuando me di cuenta, al igual que muchos otros, de que íbamos a ganar aquel partido.

Entonces, ¿no fue tras el 2-1?
No, fue en el 1-1.

Cuando se cumplieron los 90 minutos y terminó el partido, ¿qué sintió al oír el pitido final y saber que era campeón del mundo, que el planeta entero estaba pendiente de usted y que había logrado una gesta excepcional?
Hay situaciones de alegría y tristeza que no puede entender alguien que no las vive. No soy una persona que considere el concepto de felicidad como algo permanente. Me centro más en los momentos de felicidad, y aquél fue uno que llevaba esperando mucho tiempo. En la segunda parte miraba el reloj cada dos o tres minutos, pero éste no avanzaba a la velocidad que a mí me habría gustado. En los últimos 15 o 20 minutos te vuelves loco. Miras el reloj una y otra vez, y la aguja está siempre en el mismo punto.

El momento en el que el árbitro señaló el final del partido es algo que no puedo describir ni siquiera a mi mujer o mi familia, porque sé que es imposible de entender. Cuando das el pésame a alguien, puedes comprender en un 70 u 80% lo que esa persona está sintiendo. Ocurre lo mismo con estos momentos de sensaciones positivas. Es algo extraordinario. Sentí una sensación de enorme felicidad, verdadera alegría y satisfacción. En aquel momento, me dije convencido: "Todo lo que has hecho durante tu juventud, los cinco años de entrenamientos diarios, bajo el viento y la lluvia, todo ha merecido la pena". Mi esfuerzo se había visto recompensado.

¿Cómo vivió el momento en el que tocó por primera vez la Copa con sus propias manos?
Cuando llega ese momento, ya has pasado el sentimiento de mayor felicidad. Cuando el árbitro pita, cuando corres a abrazarte al primero que te encuentras y bailas de alegría con tus compañeros es el momento más intenso. Después te vas calmando y ya vives el homenaje a los campeones con más tranquilidad. Cuando tocas la Copa con tus propias manos ya no estás flotando en la misma nube que al final del encuentro.

¿Qué recuerdos tiene de la entrega del trofeo?
En casa tengo dos reproducciones en miniatura que me dio la DFB, la Asociación Alemana de Fútbol. Nunca he jugado para ganar diplomas, medallas ni copas; sólo he jugado por mí, por esa sensación que te produce ganar, jugar bien, dar a la gente el espectáculo por el que paga. Quería cumplir mi parte en esta relación con los aficionados y los espectadores, y hacer bien mi trabajo. No se necesita una copa para experimentar la sensación de ser campeón del mundo. El trofeo sólo constituye la expresión externa de ese sentimiento, aunque resulte necesario para algunos. Es importante para mucha gente, pero para mí, como jugador, carecía de ese significado. Lo cierto es que no recuerdo el momento de alzar la Copa y lo que sentí entonces. El final del partido fue un momento mucho más bonito.

¿Qué me dice del diseño de la Copa?
Llevo casi 50 años en el mundo del fútbol y nunca he visto un trofeo que verdaderamente se pueda describir como hermoso.

¿Y esta Copa en particular?
Es un trofeo majestuoso, y no tengo nada que objetar al respecto. Simboliza el significado de ser campeón del mundo. El que la alza es el mejor del mundo en su campo. Se trata de un símbolo, nada más y nada menos. Y lo que importa en un símbolo, ya sea una bandera, un escudo o cualquier otra cosa, no es su belleza sino lo que representa.


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